63 Mi padre espiritual y Fernando González Camus

Cuando llegué al colegio de los padres franceses de Viña, a segundo año de humanidades
conocí a Fernando González Camus quien con los años sería mi más querido amigo y un
verdadero hermano. Teníamos 12 años.

Siempre fue una persona con una visión original y diferente acerca de los demás y de su
entorno.

Cuando recién nos conocimos hablamos horas por teléfono.
El vivía con sus padres y cuatro hermanos en la subida Mackena de Viña del Mar, en una
casa bastante grande.

Un día del profesor “Fardito” de la Torre nos pidió resumir una novela. Cada uno de los
alumnos llegó con un breve fajo de tres o cinco páginas. Fernando llegó con un fajo de
cien páginas. Sorprendido, Fardito le preguntó por qué había necesitado tantas páginas
para resumir esa novela. Fernando le explicó que resumir consiste en copiar una página de
cada dos o de cada tres y que optó por copiar una de cada tres.

Nuestro compañero Arturo Gubler vivía en Miraflores.
Desde muy pequeño Fernando había empezado a manifestar síntomas de calvicie. Alguien
le dijo que para manejar esa situación era necesario cortarse del todo el pelo. Quedar
rapado o enteramente calvo. Fernando así lo hizo.
Con el pelo recién cortado, en la micro que corría por la calle Uno Norte, Fernando fue a
visitar a Arturo Gubler. En el trayecto subieron al bus dos policías en ese tiempo llamados
“ratis” quienes al ver al muchacho con el pelo rapado supusieron que se trataba de algún
delincuente juvenil porque en esa época, para marcar a los delincuentes juveniles los ratis
tenían la costumbre de raparlos.
Cuando se acercaron al tímido Fernando, como es habitual en los policías, la timidez de
Fernando les confirmó sus sospechas. Se lo llevaron detenido.
Fernando, hijo de Vesubio González Martínez quien entonces se desempeñaba como
director de obras portuarias del Ministerio de Obras Públicas consideró oportuno no
confesar su identidad para no desprestigiar a su padre. Imaginó que en los periódicos
aparecería que el hijo de Vesubio González era un delincuente que había sido detenido
por la policía en una micro que transitaba por Uno Norte en la ciudad de Viña del Mar.
Pasaron algunos días durante los cuales Fernando estuvo desaparecido.
Su familia y toda la ciudad lo buscaban.
Llegó el día en que con esa perspicacia característica de la policía los ratis que lo tenían
detenido en Miraflores llegaron a la conclusión de que el muchacho que andaban
buscando era el muchacho que no quería confesar su identidad y que ellos tenían
detenido. Entonces hicieron grandes alardes de haberlo encontrado.

La primera vez que visité a Fernando en su domicilio pude constatar que una vía para
llegar hasta allá era una escalera con 157 peldaños de concreto.

Como yo solía poner entre la puerta exterior de mi casa y un banco de concreto que había
frente a ella un cable para que tropezaron los transeúntes, le propuse a Fernando instalar
un cable en el primer peldaño de esa maravillosa escalera de 157 peldaños lo que
conduciría a una situación desde mi perspectiva mucho mas interesante que la que se
daba en la acera frente a mi casa.
Fernando estuvo de acuerdo. Hice la instalación del cable y nos fuimos ya de noche cada
uno a su casa.
Como a las dos de la mañana sonó mi teléfono.
Fernando no podía dormir. Imaginaba la escalera llena de heridos y muertos.
Me pidió que si yo tenía la osadía de hacerlo pudiera acercarme hasta la escalera de los
cadáveres a retirar el cable y con ello poner término a la terrible desgracia que estaba
afectando a la ciudad.
Así lo hice. A eso de las tres de la mañana subí lo larga escalera. No conseguí muertos ni
heridos. Retiré el cable y regresé a mi casa desde donde lo llamé para informarle que ya la
situación había sido superada y no había víctimas.

Fuimos compañeros de colegio, luego compañeros de universidad, después creamos una
empresa de ingeniería, mas tarde viajamos juntos a Venezuela, cada uno con su esposa en
el mismo avión y vivimos algunos meses en el mismo departamento.
Nos mantuvimos siempre cerca, en contacto, conversando, compartiendo.
Cuando tuve la empresa constructora en Venezuela cada vez que necesité un ingeniero
para una tarea de alta responsabilidad se la encomendé a él. Así por ejemplo lo enviamos
a Estados Unidos a comprar un sistema de encofrados y contratamos con Fernando el
diseño de numerosas estructuras tanto en el desarrollo del parque residencial en la
Lagunita donde después viví como de las diversas obras del hipódromo del Zulia.

Esta larga proximidad nos condujo a una coincidencia verdaderamente prodigiosa:
nuestras cédulas de identidad en Viña del Mar fueron de números consecutivos: la mía
101.252 y la suya 101.251. Nuestras cédulas de identidad en Venezuela también fueron de
números consecutivos: 81.053.130 y 81.053.131. Nuestros RUT en Chile también fueron
de números consecutivos: 4.786.550-6 y el 4.786.551-3.

Si algo debe destacarse de mi querido Fernando, aparte de su inmenso amor por su
esposa Julita, es que es probablemente uno de los hombres más cultos e informados que
existen. Expresión de su voluntad de saber tanto de tantas cosas es que hoy, con más de
80 años, no solo sigue prestando servicios de ingeniería: además estudia un Master en
cultura occidental, u otras hierbas, en la Universidad Adolfo Ibáñez, lo que hace con tanto
esmero que le ha generado grandísimo stress.

Entre las muchas cosas que tenemos en común, está que él tiene que soportar a un hijo
que es anti Trump mientras yo tengo que soportar a varios hijos que son malditos
trumpistas.

Muchos años después de nuestra edad escolar, en Santa Lucía, un atardecer a orillas del
mar tras una jornada de trabajo para licitar la construcción del aeropuerto de Santa Lucía,
llegué a la conclusión de que mi verdadero padre había sido no Antonio García Redondo,
mi padre biológico, sino Vesubio González Martínez, el padre de Fernando González.

Mi razonamiento fue sencillo tu padre es la persona que con su ejemplo de vida
contribuye grandemente a tu formación. Mi padre Antonio García fue un empresario
tramposo y un sujeto de vida bastante disipada. Vesubio González por el contrario fue un
ciudadano ejemplar en su vida profesional, en su vida política y en su vida familiar.
Entonces fue él quien me dio los buenos ejemplos que me hicieron no digo una persona
de buena conducta pero por lo menos alguien que trató de ser un hombre honorable en el
más amplio sentido de la palabra.
Entonces esa tarde escribí a Vesubio González agradeciéndoles el hecho de qué él fuera
mi verdadero padre y que él me hubiera dado un ejemplo de vida que resultó
determinante para mí.
Después de la muerte de Vesubio encontraron entre sus pertenencias una carta mía. Me
dijeron que era una bella carta. No era la que le escribí desde Santa Lucía declarándome
hijo suyo, de modo más de una vez en mi vida me detuve a escribirle a ese hombre
ejemplar.